miércoles, 30 de noviembre de 2016

Mongolochelys efremovi, una tortuga dentada que sobrevivió hasta hace 160 millones de años.



Las tortugas actuales no tienen dientes; trocean su comida usando los bordes duros de sus mandíbulas. Pero sus antepasadas disponían de una dentadura. Un equipo de investigadores internacional, que incluye a Márton Rabi, del Laboratorio de Biogeología de la Universidad de Tubinga en Alemania, ha descubierto ahora que unas tortugas con vestigios de dientes sobrevivieron 30 millones de años después de lo que se creía previamente. 

Los investigadores hallaron rastros de esto en un gran yacimiento paleontológico situado en la Región Autónoma occidental de Xinjiang, en China. Hasta ahora, el más reciente hallazgo de tortugas dentadas tenía 190 millones de años. El nuevo descubrimiento ayuda también a completar algunas de las piezas del rompecabezas del árbol genealógico evolutivo de los quelonios y a conocer mejor la distribución de dicha familia a lo largo de millones de años.

El yacimiento paleontológico de Wucaiwan en Xinjiang es bien conocido por los notables fósiles de dinosaurios del Jurásico medio o tardío encontrados ahí. Pero entre los gigantes extintos se hallan los fósiles de muchos otros animales que desvelan algunas de las incógnitas sobre la larga historia evolutiva de las tortugas, de las cuales viven en el mundo hoy en día más de 350 especies diferentes. 

El equipo de Xing Xu, del Instituto de Paleontología y Paleoantropología de Vertebrados en Pekín, China, y Walter Joyce, de la Universidad de Friburgo, en Suiza, ha identificado aquí los citados restos de tortuga dentada 30 millones de años más recientes que los más nuevos que se conocían hasta ahora. Corresponden a una especie extinta previamente desconocida, a la cual se le ha dado el nombre de Sichuanchelys palatodentata.
El análisis reveló también que la nueva tortuga es la que tiene el mayor parentesco evolutivo conocido con una gran tortuga terrestre, la Mongolochelys efremovi, que vivió casi 100 millones de años más tarde en Asia central.

martes, 29 de noviembre de 2016

Bonatitan reigí, el sauropodo del cretácico de Río Negro.



Es un género representado por una única especie de dinosaurios saurópodos titanosáuridos, que vivió a finales del período Cretácico, hace aproximadamente 83 y 65 millones de años, en el Campaniano y el Maastrichtiano, en lo que hoy es Sudamérica.

Bonatitan es un saurópodo muy ligeramente construido de cerca de 6 metros de largo, 1,5 de alto y un peso de 3 toneladas, con las cavidades uniformes en las vértebras caudales. Sus restos fueron encontrados en la Formación Río Colorado, en el área en de Bajo Santa Rosa, en la Provincia del Río Negro en la Argentina.

Fue descripto a partir de dos esqueletos incompletos con la presencia de la base del cráneo, por Martinelli y Forasiep en el 2004. Bonatitan conocido a partir de dos esqueletos incompletos es diagnosticado por la asociación siguiente de caracteres: 1) surco longitudinal localizado en la sutura entre los parietales que continúa posteriormente sobre el supraoccipital al foramen magno; 2) tuberosidad del basiesfenoide larga y estrecha; 3) dorsal a las vértebras caudales con huecos mediales circulares a ovales profundo en ambas caras del lamina prespinal; 4) vértebra caudal anterior con la lamina de los arco neurales de espino postzygapofisial y espino-prezygapofisial 5) vértebras caudales anteriores con las fosas interzygapophysial profundas con numerosos huecos; 6) vértebra caudal anterior con un lamina secundario-horizontal accesoria que extiende de la porción antero-ventral del postzygapofisis a la mediados de la porción de la lamina espino-prezygapofisial; y finalmente, 7) vértebra caudal anterior con una cresta axial prominente en la superficie ventral del centro.

Es colocado dentro de la familia Saltasauridae.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Prothylacinus patagonicus, un depredador marsupial del Mioceno.



Este es un mamífero marsupial extinguido, similar a un perro. Vivió en el Mioceno inferior (hace unos 18 millones de años) de la provincia de Santa Cruz, en la patagonia argentina.

Este animal tenía un físico robusto, y su peso fue de cerca de 40 kilogramos. El cuerpo era largo y flexible, mientras que la musculatura del cuello era muy poderosa. El cráneo estaba equipado con dientes fuertes, típicos de un animal carnívoro.

Las patas cortas y fuertes estaban equipadas con potentes músculos, y probablemente con una especie de pulgar semioponible. Las patas delanteras tenían garras fuertemente curvadas, mientras que las traseras tenían dedos cortos, plantígrados, con la planta del pie alargada, probablemente capaz de captar las superficies curvas.  

La cola era larga (compuesta por 20-30 vértebras) y muy puntiaguda. Las características del protilacino sugieren que era un animal arborícola, poderoso y ágil. Las patas delanteras las utilizaban para sujetarse a las ramas, mientras que el cráneo y el cuello eran fuertes para poder soportar el peso de la presa, que capturaba con sus poderosas mandíbulas. Es posible que el protilacino se alimentase de roedores, marsupiales, y pequeños perezosos.

El protilacino es el representante más típico de los Prothylacynidae, del orden Sparassodonta, el cual se desarrolló en América del Sur ocupando los nichos ecológicos que fueron ocupados en otros continentes por los mamíferos carnívoros. Imagen tomada de flickriver.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Xenicibis xympithecus, el ibis jamaicano.



Hace casi un siglo, entre 1919 y 1920, el zoólogo estadounidense Harold Elmer Anthony recolectó fósiles del periodo cuaternario en varias cuevas de Jamaica.

Como especialista en mamíferos, Anthony dejó de lado los fósiles de ave, que quedaron almacenados, sin clasificar, en el Museo Americano de Historia Natural. 

Hasta 1977, cuando los ornitólogos estadounidenses Storrs Lovejoy Olson y David William Steadman publicaron la descripción de la especie más extraordinaria de entre todos aquellos fósiles de aves: el ibis jamaicano, al que bautizaron con el nombre de Xenicibis xympithecus, “el extraño ibis vecino del mono”, debido a que procedía de la misma cueva en la que se habían encontrado los restos fósiles del primate extinto Xenothix mcgregori.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Fósil de ballena peruana expuesto en Japón es una nueva especie de cetáceo.



Pertenece al período del Mioceno tardío, que abarca desde hace 10 millones hasta unos 5 millones de años. La comisaria del museo, Naoko Miyagawa, ha explicado que se trata de "un descubrimiento clave para conocer la evolución de las ballenas".

El esqueleto fósil de una ballena peruana expuesto en Japón desde hace 17 años ha sido identificado como una nueva especie extinta de cetáceo del Mioceno tardío, período que abarca desde hace 10 millones hasta unos 5 millones de años. 

Se trata de "un descubrimiento clave para conocer la evolución de las ballenas", dijo este viernes la comisaria Naoko Miyagawa, del Museo de la Tierra, la Vida y el Mar de la localidad japonesa de Gamagori, donde el fósil, de 8 metros de longitud, se expone permanentemente desde su inauguración en 1999, sin conocimiento de su valía. 

Los restos corresponden a un ejemplar de una nueva especie de la familia de los balenoptéridos, conocidos comúnmente como rorcuales, que incluyen los animales más grandes de la Tierra y representan más de la mitad del suborden de los cetáceos barbudos (misticetos). 

El hallazgo fue una casualidad, ya que la investigación, acometida por la comunidad científica británica The Royal Society, comenzó a raíz de la visita al museo en febrero de 2015 de un grupo de expertos, que sugirieron que podría tratarse de una nueva especie por sus diferencias con los ejemplares conocidos de rorcual.
"Se pudo determinar como una nueva especie gracias a las característica del cráneo del esqueleto", explicó Miyagawa. 

La especie ha sido bautizada con el nombre de Incakujira (ballena inca) anillodefuego, "con el deseo de que sea un puente entre Japón y Perú", indicó la comisaria. El cetáceo, además de como nueva especie, ha sido reconocido como un nuevo género, rango situado entre la especie y la familia en el sistema de clasificación biológica. 

Los restos, obtenidos tras una excavación en la región peruana de Arequipa hace 26 años, fueron adquiridos en 1998 para la inauguración del museo, que ahora prepara una nueva exposición centrada en este ejemplar que se inaugurará en marzo de 2017.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Un artista italiano gana el VIII Concurso internacional de ilustraciones científicas de dinosaurios.



La Fundación para el Estudio de los Dinosaurios en Castilla y León y el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes organizan este concurso como parte de su programación de actividades de divulgación de 2016

El artista italiano Davide Bonadonna, ha obtenido el primer premio del VIII Concurso internacional de ilustraciones científicas de dinosaurios con la obra ‘Paleocreatures of the Black Lagoo’. La ilustración, inspirada en los ecosistemas serranos de hace 130 millones de años,.destaca por su encuadre y composición dinámicos que refuerzan una escena de gran tensión por la proximidad entre un depredador y dos dinosaurios herbívoros.
El segundo premio ha sido para ‘Gone fossils’, de Nikolay Litvinenko (Rusia). En este autor destaca el tratamiento que da a su obra, con un aspecto de pintura al óleo clásica. La ilustración es una alegoría sobre el comienzo del fin de los dinosaurios: un ambiente oscuro y una playa desierta enfatizan el carácter dramático de la escena.

Finalmente, el tercer premio ha recaído en ‘A Spinosaurus is hunting an Onchopristis’, de Mohamad Haghani (Irán). Este autor, ilustrador de varios libros de dinosaurios, presenta una escena realizada con un gran dominio técnico y una alta calidad estética.

La Fundación para el Estudio de los Dinosaurios en Castilla y León y el Museo de Dinosaurios de Salas de los Infantes, han organizado este concurso como parte de su programación de actividades de divulgación del patrimonio paleontológico de dinosaurios para el año 2016.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Buitrerraptor, el depredador del Cretácico de Patagonia.

Un equipo de paleontólogos de Argentina y Estados Unidos encontró en la provincia de Río Negro restos fósiles de un dinosaurio carnívoro pequeño, pariente primitivo de las aves, que son los más completos y antiguos hallados en América del Sur para este grupo.


Las aves tuvieron un antiguo pariente carnívoro que habitó el sur del planeta cuando los dinosaurios dominaban la Tierra y existía sólo un continente, Pangea. Esto sugiere el hallazgo del "Buitrerraptor gonzalezorum", un dinosaurio que habitó la Patagonia durante el Cretáceo Superior, hace 95 millones de años. Fue llamado "Buitrerraptor gonzalezorum", por parecer como un pequeño buitre y en honor a Jorge y Fabián González, técnicos que dieron con los huesos. El resto del esqueleto, perfectamente conservado, dio a los especialistas una pista clave sobre el animal: la presencia de la fúrcula, un hueso que en las aves está formado por la soldadura de ambas clavículas, indicó que se trataría de un pariente de los pájaros. Aunque se creía que los 'raptores' (dinosaurios carnívoros pequeños) de este tipo eran propios del hemisferio norte, esto nos sugiere que también fueron característicos del hemisferio sur.

Sus escasos dientes de nueve milímetros, espaciados y sin filo, también recuerdan la pérdida de dentadura que han sufrido las aves durante su evolución. Probablemente las alas al Buitrerraptor no le alcanzaran para volar porque tenía una cola demasiado larga. Es posible que diera grandes saltos planeados para caer sobre sus presas. Según la reconstrucción que han hecho los expertos, el Buitrerraptor tenía el tamaño de un pavo y su cuerpo estaba cubierto por plumas. Poseía un hocico largo y angosto --semejante a un pico-- que usaba para hurgar en las madrigueras y alimentarse de pequeños mamíferos y roedores, y se movía en grupos coordinados para cazar. 
 
El Buitrerraptor corría a gran velocidad y cazaba a través de comportamientos coordinados. Esto lo deducimos porque son los dinosaurios con mayor coeficiente cerebral. El Buitrerraptor pertenece al grupo de los dromeosáuridos, los corredores bípedos cuyo espécimen más famoso es el Velocirraptor. Su hallazgo en la Patagonia sugiere que los dromeosáuridos vivieron en esta región del planeta incluso antes de que Pangea, el único continente que existía al comienzo de la Tierra, se dividiera en dos hemisferios, Laurasia al norte y Gondwana al sur.

El desierto que forman en su frontera las provincias de Río Negro y Neuquén --en la precordillera de Los Andes-- es uno de los mayores sitios paleontológicos del mundo. En las localidades de Paraje La Buitrera y Plaza Huincul han sido halladas decenas de especies desconocidas de dinosaurios cretácicos, todas en perfecto estado de conservación.

martes, 22 de noviembre de 2016

Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas Juan Cornelio Moyano de la ciudad de Mendoza.

El renovado edificio del Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas Juan Cornelio Moyano alberga la historia de la vida. Una historia fascinante donde se mezclan los procesos biológicos, como la evolución del hombre, los animales y las plantas, con los procesos geológicos. El recorrido permite conocer el pasado, descubrir las costumbres de los pueblos originarios y entender la necesidad de cuidar el medio ambiente, el delicado equilibrio que existe entre los elementos del universo.

Después de permanecer cuatro años cerrado al público, el museo –ubicado en el extremo sur del lago del Parque General San Martín– abrió sus puertas. No fue sólo el edificio el que se renovó en su totalidad –una obra en la que la Provincia invirtió 10 millones de pesos–, sino que se diseñó una forma nueva, más didáctica, de contar esa historia de la vida. Para lograr ese objetivo fue esencial la labor de los 12 trabajadores del museo y de los científicos, que aprovecharon al máximo las nuevas vitrinas, la iluminación, las temperaturas adecuadas, para exponer los objetos.



Aquí mismo, Carlos Rusconi, un apasionado, que hizo más de 400 viajes de exploración en Cuyo, en búsqueda de información y fue director del museo durante 31 años; y el investigador Virgilio Germán Roig, creador del Instituto Argentino de Investigaciones de Zonas Áridas (Iadiza), que a sus 84 años sigue siendo un defensor de la vida animal y vegetal, una labor por la que el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva lo homenajeará en Buenos Aires el jueves 26. Para Roig es un lugar especial. Trabajó años en el Cornelio Moyano y contó que su paso por el museo fue parte fundamental en su formación; por eso se siente como en casa.
Es la base de la cultura, que  allí se aprende sobre la flora, la fauna, el hombre, las etnias del mundo, los pueblos originarios y la necesidad de cuidarlos y protegerlos para que no desaparezcan.

Apenas se ingresa al museo, llama la atención la recreación del esqueleto de una jirafa, Belén, que murió en el Zoo, según se cree por comer una planta tóxica. Ese trabajo, científicamente denominado "recreación osteológica", les llevó dos años a los especialistas y es clave, por ejemplo, para que el público en general y los estudiantes puedan comprender la anatomía del animal.

En la planta baja también hay una máquina del tiempo. Los visitantes se colocarán lentes de realidad virtual y podrán ver el paso de los dinosaurios por nuestra tierra, así como las características de la fauna existente hace millones de años. En los pisos superiores están ubicadas las tres salas en las que se organizó el museo: de la tierra, de la biodiversidad y del hombre, en las que se exhiben unas 1000 piezas, de las 150 000 con que cuenta en total la institución y que se van cambiando.
En la sala de la Tierra, la historia comienza con el origen del universo, desde la gran explosión –el Big Bang– pasando por el Sistema Solar, la Tierra, la formación de las montañas y la evolución a través de las eras Paleozoica, Mesozoica y Cenozoica, con piezas fósiles de cada una. También se detalla cómo fueron cambiando los climas, los mares, los continentes, hasta llegar al origen del hombre. En esa sala está expuesto por primera vez el Mendozasaurus, un dinosaurio que vivió hace 88 millones de años y que fue descubrió el referente del laboratorio, el paleontólogo González Riga.
 
La información científica está vinculada entre sí de forma muy didáctica. En esa tarea tuvieron un rol determinante los científicos del Laboratorio de Dinosaurios, dependiente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UNCUYO, que elaboraron la información, los gráficos, seleccionaron las piezas fósiles y realizaron las réplicas.

El recorrido de la sala de la Biodiversidad arranca con la explicación del concepto, relacionado con la variedad de formas en que se organiza la vida en el planeta y con los peligros de perderla por la destrucción de hábitat, la sobreexplotación, la contaminación y el cambio climático, entre otros factores. Ese es el puntapié inicial para disfrutar de las recreaciones de los ecosistemas del mar, de la selva, de los humedales –como los Esteros del Iberá–, y de un recorrido por las reservas naturales mendocinas.

La belleza de esta sala está en la exhibición de los animales taxidermizados, especialmente los que habitaron y habitan las tierras mendocinas: cóndor, guanaco, puma, pichiciego, choique, ñandú, águila dorada, el búho bodeguero, entre muchos otros. En esta sala adquieren especial relevancia las vitrinas especialmente diseñadas para el museo, con una iluminación especial, que permiten admirar las especies desde todo los ángulos y en los mínimos detalles.


En el segundo piso se ubica la sala del Hombre, un recorrido por nuestro árbol genealógico que comienza con los primates hasta el hombre actual, en una línea de tiempo que abarca todas las culturas, pero con un especial énfasis en las andinas. Hay piezas que nunca se exhibieron de Perú, México, Bolivia y Chile.
Esta sala es un recorrido por nuestra historia y un homenaje a los pueblos originarios. Está la historia de Mendoza, su relación con el mundo, la figura de San Martín, el terremoto, la reconstrucción, el pueblo Huarpe, todo contado a través de piezas hermosamente expuestas. Textiles, canoas, cacharros y escritos permiten viajar en el tiempo.

También están expuestas, por primera vez, algunas de las piezas que los científicos descubrieron en Capiz, San Carlos. En el enterratorio había esqueletos, trozos textiles, cacharros, cuentas, caracoles y láminas de metal.
Luego de la remodelación, y por primera vez en sus 104 años de vida, cada una de las piezas que posee el museo tiene un lugar específico para guardarla, con características específicas en cuanto a la iluminación y la temperatura. Esto evitará el deterioro de piezas de incalculable valor.
Todos los que quieran conocer la amplitud del mundo pueden visitar el museo, ubicado en el Prado Español y Avenida Las Tipas del Parque General San Martín, de martes a viernes de 9.00 a 19.00, y los sábados y domingos de 15.00 a 19.00, con entrada gratuita. Los docentes que quieran llevar a sus alumnos deben llamar al 4287666, para que los científicos los asesoren antes de la visita, una visita en la que sus alumnos podrán descubrir la historia de la vida.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Andrewsornis abbotti, un gran ave del terror de Cuyo.




Vivió en Oligoceno medio y superior de Argentina. Tenia 1,70 metros de altura. Reconocido como un Phorusrhacidae es un clado extinto de aves cariamiformes conocidas también como aves del terror, porque sus especies más grandes eran depredadores en las diversas regiones que habitaron. Eran aves de gran tamaño, carnívoras y no voladoras; fueron los depredadores dominantes en América del Sur durante el Cenozoico, entre 62 y 2,5 millones de años. Sus alas habían evolucionado para utilizarlas como brazos para voltear una presa en movimiento. Eran corredores rápidos. Sus parientes más cercanos hoy en día son las chuñas de la familia Cariamidae. Restos de esta ave fueron exhumados en el Oligoceno de Quebrada Fiera, inmediaciones de Malargüe, provincia de Mendoza. La foto corresponde a un craneo completo, exhibido en el Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas Juan Cornelio Moyano de Mendoza.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Pterodaustro guinazui, el reptil volador de la Provincia de San Luís.



Fue hallado en la formación Los Lagaccito en la Provincia de San Luis, Argentina, limite Jurasico – Cretácico. La importancia de este reptil volador es que fue el primero para Sudamérica. Otra de las características es que proviene de sedimentos que hace 120 millones de años se depositaron en el fondo de una laguna, la cual se hallaba en el medio del continente, a diferencia de otros Pterosaurios de Europa y Norteamérica que provenían de sedimentos continentales - marinos. El tamaño de esta especie varía mucho. Se han rescatados ejemplares adultos que superaban los 2,5 metros de envergadura y ejemplares notablemente juveniles de 0,25 metros. Así mismo se pudieron colectar algunas improntas de pisadas de este reptil. Lo más notable de este animal era su cráneo. La mandíbula inferior poseía entre 300 y 400 dientes en forma de lámina, los cuales podían filtrar microorganismos acuáticos al igual que las ballenas, y su mandíbula superior carecía de estos. Esto permitió aprovechar las grandes cantidades de crustáceos y otras pequeñas criaturas que viven suspendidas en el agua Una teoría supone que estos reptiles pudieron tener una piel media rosada al igual que los flamencos, ya que ambos comparten la misma dieta y estos últimos adquirieron este tono por los microbios que atrapa en el agua. Fue el primer reptil volador hallado en el hemisferio sur.  Pterodaustro tenía una envergadura de 132 cm; su cabeza medía 23 cm de longitud y era muy estrecha con un pico curvado en el extremo. La dieta del animal podría haberle conferido una tonalidad rosada, otro probable rasgo en común con los flamencos de hoy en día; en efecto, Pterodaustro es frecuentemente apodado el "pterosaurio flamenco".

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Controversia sobre si es una Serpiente o un Dolichosaurio.



Un fósil de aspecto extraño fue aclamado como un hallazgo de una vez en-la-vida: supuestamente se trata de una instantánea rara de la forma en que las serpientes evolucionaron a partir de lagartos de cuatro patas.

Pero apenas a pasado más de un año después de que se dio a conocer, y una nuevo análisis a los animales sugiere que en realidad no es una serpiente. Quizás aún más preocupante, el fósil puede haber llegado a manos de los científicos bajo circunstancias poco éticas y probablemente ilegales.

De acuerdo a un reporte publicado en Nature, el animal de unos 110 millones de años de edad, conocido como fósil Tetrapodophis, se interpretó como una serpiente de madriguera con dos pares de patas pequeñas, lo que podría demostrar que las serpientes comenzaron su vida en la tierra. Si eso fuera verdad, el animal de seis pulgadas de largo podría clarificar el debate científico sobre si las serpientes perdieron sus extremidades en la tierra – la hipótesis actual favorita- o en el agua.

Pero, el nuevo análisis sugiere que en lugar de ser un Tetrapodophis podría ser en realidad el dolichosaurio más antiguo conocido, un tipo extinto de lagarto acuático que vivió durante el período Cretácico. Si no es una serpiente, las aguas evolutivas consiguen con esto ser mucho más turbias.

sábado, 12 de noviembre de 2016

La rápida evolución de los grandes dinosaurios carnívoros.



El Tyrannosaurus rex y otros grandes terópodos figuraban entre las bestias carnívoras más grandes de su época, y los "ornamentos" de sus cabezas podrían ayudarnos a averiguar por qué.

Una nueva investigación muestra que las especies de dinosaurios terópodos con cuernos, crestas y otros rasgos óseos comparables  desarrollaron a lo largo de la evolución cuerpos con tamaños gigantescos 20 veces más rápido que aquellas especies que carecían de tales estructuras óseas.

Además, la investigación muestra que los dinosaurios terópodos más emparentados evolutivamente con las aves abandonaron la estrategia de las estructuras óseas duras de sus antepasados y probablemente pasaron a usar plumas para la comunicación visual.

La mayoría de los terópodos grandes (de hecho, 20 de las 22 especies más grandes, como el T. rex y los del género Allosaurus en general) poseen crestas u otros bultos óseos sobre sus cabezas. Los paleontólogos teorizan que dichas estructuras servían como mecanismo de exhibición sociosexual, mediante el cual los dinosaurios podían enviarse señales entre sí acerca de cuestiones de apareamiento, territorio o defensa.
Terry Gates, de la Universidad Estatal de Carolina del Norte e investigador adjunto en el Museo de Ciencias Naturales de la Carolina del Norte, ambas instituciones en Estados Unidos, se preguntó si había una correlación entre el desarrollo de la "ornamentación" craneal y el rápido aumento en tamaño corporal durante la evolución. Junto con su colega Lindsay Zanno, de la misma universidad y museo, y Chris Organ, de la Universidad Estatal de Montana en Estados Unidos, Gates examinó los fósiles de 111 terópodos con y sin ornamentos, y comparó sus aumentos de tamaño con el paso del tiempo.

jueves, 3 de noviembre de 2016

El bosque de piedra en el desierto patagónico.


En lo profundo de la estepa patagónica, un paisaje con sinuosidades gaudianas esconde lo que fue hace 70 millones de años un mundo vegetal, sacado a la superficie por la fuerza arrasadora de los glaciares. Fósiles de dinosaurios y centenares de troncos son los vestigios de cuando la Patagonia fue una selva subtropical.

La Ruta 40 se desenrolla frente al auto como una gran lengua de camaleón en plena estepa: divide la planicie desierta en dos mitades de pastos ralos y arbustos de calafate, donde corretea una tropilla de guanacos. Hemos partido desde El Chaltén hacia un paraje de extrema desolación con centenares de troncos que hace 70 millones de años fueron de madera y hoy son pura piedra.

A la hora de viaje nos detenemos a desayunar en el Parador La Leona junto al río del mismo nombre. Aquí el legendario explorador Francisco “Perito” Moreno fue atacado por un puma y de allí viene la deformación del nombre. La solitaria construcción en medio de la nada fue levantada en 1916 con sus actuales paredes de adobe y techo de chapa a dos aguas. Era un boliche de campo y hotel utilizado por los trabajadores de las estancias, donde se dejaban mensajes y encomiendas para quienes vivían aislados del otro lado del río.

Luego de un café con alfajores de maicena en el ambiente de hace un siglo, seguimos viaje sin escalas para observar en la superficie de la tierra los vestigios de la era Cretácica tardía, entre 65 y 90 millones de años atrás.
Por el camino de ripio que bordea al lago Viedma pasamos la tranquera de la estancia ovejera Santa Teresita –90.000 hectáreas– y una mulita cruza la ruta a toda velocidad. El paisaje se torna muy desierto pero cobra cada vez más vida: a 100 metros un macho de ñandú camina esbelto al frente de una decena de charitos siguiéndolo en fila.

Estacionamos en la parte alta de una meseta para descender a pie hasta una gran depresión del terreno de 800 hectáreas, con algo de cráter lunar. Vamos en busca del Bosque Petrificado La Leona, un enigmático yacimiento fósil que no debe ser confundido con aquel otro más famoso en el noreste de esta provincia, donde hay menos troncos pero más grandes, rodeados de un paisaje no tan llamativo ni variado como este.

Descendemos al laberinto de arena y arcilla, una sinuosa dimensión gris con cañadones cincelados por el viento y el curso de un río milenario que ya no existe. El terreno es ondulado porque los glaciares arrastraron sedimentos como grandes topadoras: durante las glaciaciones hubo una capa de hielo con mil metros de altura cuya fuerza descomunal arrancaba pedazos de montaña.
Caminamos por borroneados senderos donde crecen escasos arbustos, tan duros que no se mueven con el viento: una adaptación para sobrevivir. El guía señala en el suelo arcilloso huellas de puma, guanaco y mulita.
Toda esta región fue un delta gigante con bosques de árboles de hasta 100 metros de alto –parientes de las araucarias– donde vivían toda clase de dinosaurios. En los últimos años se extrajeron aquí restos de varios ejemplares, entre ellos el Puertasaurus, un titanosaurio del que se encontraron cuatro vértebras, la más grande de ellas de 1,68 centímetro, exhibida en el Museo Egidio Feruglio de Trelew.

Tras una lomada el guía nos sorprende señalando en el suelo el fémur de un dinosaurio saurópodo que pesaba 16 toneladas y se decidió dejar en el lugar: está fragmentado pero completo.

A la media hora de caminata comienzan a aparecer los troncos y el primero genera conmoción en el grupo. Pero después son tantos que casi dejan de ser novedad. Los más grandes alcanzan los 80 centímetros de diámetro y a simple vista algunos parecen de madera. En total hay unos 60 fragmentos de hasta metro y medio de largo. 

En algunos se reconoce un tronco completo dividido en tres o cuatros partes. Los que llevan años en la superficie están muy astillados ya que durante la noche el agua se acumula en sus grietas congelándose, y al aumentar en volumen hacen explotar la superficie rocosa del tronco. Los que brotaron de la tierra recientemente permanecen impecables, manteniendo su rugosidad original. Se calcula que debe haber miles unos metros bajo tierra.

Hace 65 millones de años, la placa de Nazca llegó por debajo del Pacífico para chocar contra el continente americano, elevando los Andes. La humedad que entra por el oeste a la Patagonia se topa desde entonces con aquella gran barrera natural, descargando su lluvia al pie de la cordillera donde brotan los bosques que aquí ya no existen.

El ambiente selvático que tuvo la actual meseta patagónica comenzó entonces a cambiar hasta convertirse en desierto. La actividad volcánica de los Andes selló casi toda aquella Patagonia rebosante de vida bajo una mortaja de basalto, luego arrancada por el paso de los glaciares. El viento y la lluvia removieron después la superficie hasta dejar a la vista los huesos y troncos fosilizados, único vestigio de aquel tiempo. Pero antes ocurrió otro proceso aún más sorprendente: los árboles caídos y la megafauna muerta entraron en proceso de fosilización.

La condición para fosilizarse era que, al morir, los restos fuesen cubiertos rápidamente por capas de sedimento –para no descomponerse– resultado de un alud, un derrumbe o ceniza volcánica. Luego el agua de lluvia permeaba la tierra arrastrando minerales que se filtraban en las células de huesos y troncos. Con el tiempo los minerales se deshidrataron y cristalizaron, comenzando un proceso de reemplazo molecular del material orgánico por otro inorgánico. Por eso la forma original no cambió en nada. Pero el resultado es en verdad una roca moldeada por el hueso o el tronco originales, de los que no queda nada. Los troncos son de sílice casi puro, por eso su color arena, y los huesos son más negruzcos porque tienen restos de carbono.

Avanzamos sin prisa hasta detenernos junto a una gran roca para almorzar. El único signo de vida animal en las dos horas de caminata es un escarabajo caminando sobre el suelo estriado.

En uno de los troncos veo una ínfima canaleta hecha por un laborioso gusano que lo fue carcomiendo por dentro hace 70 millones de años, acaso la única actividad que hizo en toda su vida. Pienso en la cantidad de azares que debieron suceder para que dos hechos tan remotos como banales –mi mirada sobre ese tronco y un gusanito comiendo– coincidieran en un punto. Más adelante encuentro otra huella perfecta de cuando el hombre no existía: un tronco agujereado por las termitas del Cretácico.

Es tan perfecta la fosilización de este bosque que hasta puedo contar los anillos de crecimiento en algunos de estos troncos que, en verdad, son el negativo de sí mismos y brotan como reliquias de un tiempo inconcebible para los mortales: un rastro muy palpable pero sin vida de un árbol condenado a la eternidad. Por Julián Varsavsky para Pagina 12. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Canibalismo entre peces gigantes del genero Dunkleosteus.



Mucho antes de que apareciesen los enormes tiburones, como el tiburón blanco, mucho antes que vivieran incluso los reptiles marinos gigantes de la era de los dinosaurios, en un mundo donde la vida animal no había hecho más que empezar a salir de los mares, el más grande, más malo y más temible depredador vivo era un monstruo marino blindado llamado Dunkleosteus.

Hace alrededor de 360 millones de años el Dunkleosteus era uno de los más grandes - y uno de los últimos - de un grupo de peces llamados arthrodires. Estos peces tenían gruesas placas óseas que cubrían sus cráneos y, con una longitud total de hasta seis metros, el casco blindado de los fósiles más grandes de Dunkleosteus es ciertamente un pesadilla.

Una nueva investigación fósil presentada en la reunión de la Sociedad de Paleontología de Vertebrados de este año muestra que, como adultos completamente desarrollados, estos depredadores superiores tenían mandíbulas lo suficientemente fuertes como para acabar con casi cualquier cosa en su hábitat - incluso uno con el otro.

El Dunkleosteus no tenía verdaderos dientes; en cambio, las placas óseas del cráneo se extendían en afilados "colmillos" delante de la boca. Estos colmillos se juntaban para rasparse y afilarse continuamente unos a otros cuando el pez abría y cerraba sus mandíbulas. "Casi se puede ver ahora en la pulida superficie de los colmillos", comentó Michael Ryan del Cleveland Museum of Natural History.