lunes, 9 de enero de 2017

Huellas de Reyesichnus punensis, aves fósiles en la Puna


Los animales que vivieron en el pasado geológico dejaron pruebas irrefutables de su existencia en forma de huesos, dientes, conchillas, caparazones o bien por las impresiones de sus pisadas conservadas como huellas. Dichas huellas se conocen como icnitas y su campo de estudio es la icnología. Cuando se trata de huellas fósiles entonces es la paleoicnología.

Salta es famosa por sus huellas de dinosaurios que aparecieron a doble página en la revista National Geographic en enero de 1993. En todo el norte argentino se han registrado huellas de dinosaurios asociadas a las calizas de la Formación Yacoraite. Y no sólo de dinosaurios, sino también de un grupo de aves que se extinguieron con los dinosaurios y son los enantiornithes, descubiertas en el Valle del Tonco en el punto donde se encuentra la mina de uranio Don Otto.

Son menos conocidas las abundantes huellas de aves fósiles que se descubrieron en la Puna. Las más antiguas se encontraron en unas lajas rojas de Farallón Catal en el salar del Hombre Muerto y tenían una edad de 15 millones de años. Las dimos a conocer en 1978 en un trabajo que publicamos en un congreso de paleontología junto a los colegas Eduardo Carbajal y Mario Raskovsky, ambos ya fallecidos.

Corresponden a un representante antiguo de los teros y las bautizamos como Reyesichnus punensis, en homenaje al Dr. Celso Reyes, que fuera profesor de la Universidad Nacional de Salta. En la sierra de Sijes, en el salar de Pastos Grandes, se encuentran capas de boratos formadas entre 5 y 7 millones de años atrás. Esos mantos boratíferos yacen entre camadas de cenizas volcánicas, yeso, arenas, limos y arcillas.

Representan el relleno sedimentario de una antigua cuenca tectónica tal como lo es el actual salar de Pastos Grandes, y fueron plegadas por los movimientos orogénicos andinos. Las capas se formaron en un ambiente de lago alcalino, rodeado de playas arcillosas y sobre el cual llovían periódicamente cenizas volcánicas generadas por los grandes volcanes del arco andino.

En aquel tiempo la Puna, al igual que ahora, estaba salpicada de lagos salinos de distintos tamaños. En esos lagos vivía una abundante avifauna que medraba en sus playas y dejaba impresas sus huellas en el barro fresco.

Cada tanto las pisadas eran enterradas por sedimentos que las preservaban como estructuras fósiles. Téngase presente que una pisada es una marca inorgánica producida por un organismo vivo y no un verdadero fósil. Pero más allá de los tecnicismos lo cierto es que allí quedaron sepultadas para los millones de años venideros, las evidencias de vida de aquellas aves pretéritas emparentadas por su morfología con las aves actuales.

A veces se encuentran también huellas de roedores y algún otro mamífero.
Gracias a los minerales radiactivos de las cenizas volcánicas se pudo calcular con precisión la antigüedad de las capas portadoras de las pisadas fósiles. Los cristales de zircón permiten conservar como un reloj atómico el tiempo transcurrido desde su formación. A su vez las huellas fósiles de organismos en general y de aves en particular tienen un gran valor para interpretar como fueron aquellos ambientes antiguos o paleoambientes.

Hay huellas pequeñas, medianas y grandes; tridáctilas y tetradáctilas; con o sin membranas interdigitales, entre otros detalles. Se han identificado representantes morfológicos de los actuales flamencos, patos, guayatas, teros, teritos y otros pájaros y zancudas.

Por el tipo y tamaño de las huellas se puede saber la profundidad del agua desde el borde hasta el centro de los cuerpos lacustres. Esto permite valiosas reconstrucciones paleobatimétricas. Su relación con las capas de boratos permiten inferir cuales fueron los ambientes en que éstos se formaron. Imagen de Archivo. Fuente; eltribuno.info. 

 Mas info; www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm